Manuel J. Becerra
Asimetría


Soy el eje, el centro, lo decidí hace un rato, mientras despertaba y sorbía un trago de
prístina y tibia agua, del vaso de cristal que, todas las noches, dejo en mi mesa de
luz. Decidí jugar, verme frente al espejo, a ese espejo que tengo delante, donde
me miran, me acusan, mis mismos ojos, decidí jugar a ser el eje, el centro.
Decidí estar, mientras me acercaba al espejo, en la penumbra, con los pies
descalzos, decidí estar en tres lugares a la vez, en una imagen, que pue-
do ser yo, o no; en mi mismo cuerpo, que sí soy yo; en el tiempo, que
se desvanece. Decidí establecer tres límites. Caminé en la frescura
de la madrugada, corté el silencio con la respiración, y llegué fren-
te al espejo, para acusarme, para acusar a ese otro yo, abierto de
brazos, en la penumbra, y descubrir los ejes: el vidrio especular
y casi imperceptible; el eje del tiempo que decidí recortar, in-
ventando un momento, el presente inexistente; el cenit de mi
cabeza y el espacio entre mis talones, el eje de mi cuerpo,
los tres ejes soy yo. Y porque corté el tiempo, y porque
decidí reflejarme, mientras me acomodaba frente a
mí, y porque soy el dueño absoluto de mi cuerpo,
soy el centro, mientras me acerco al ahora, me
miro y me acuso, casi lo siento, casi puedo
retener al presente imposible, lo toco,
me miro, soy yo, el tiempo para por
mí, centro y eje del universo, de
un universo de fantasía, juga-
dor porque así lo decidí hace
un rato largo, de un jue-
go cuyo centro ya
viene, se acumu-
la, es él,
el
AHORA,
el
ahora que
ya no existe
y empezará a ale-
jarse en un momento,
si es que ya no se aleja. Fue-
ra del centro, del eje fundamental
tal en el tiempo, mirándome y acusán-
dome frente al espejo, acusándome porque
en el tiempo no hay, ni nunca habrá jamás, una
simetría perfecta, fuera de ese centro puedo vaticinar
el futuro cercano, pensando aquí, con los brazos abiertos
y mirando a la ventana inexistente que es mi espejo, en que
puede haber una imagen, puede haber dos realidades en un mo-
mento dado, exactas, simétricas, gracias a esa ventana, puede haber
un cuerpo, quieto, el mío, simétrico, inmóvil, en un momento dado, pero
es imposible, y siempre será imposible, por más que juegue a ser el centro
indiscutible del universo, de un universo de fantasía, es imposible que el tiempo
se torne simétrico, él siempre será una farsa de sí mismo, tratando de imitarse, no-
sotros seremos farsas de nosotros mismos y de los que vinieron antes, tratando de i-
mitarnos y de imitarlos. Pero esta noche, esta madrugada, cuando dentro de un rato co-
mience a desacomodarme de mi posición abierta de brazos que decidí tiempo atrás, guardaré el descubrimiento de mis ejes, los tres ejes de esta noche; guardaré mi cuerpo, esa realidad que me acusa, frente a mí, guardaré al tiempo, que es una farsa de sí mismo. Respiraré cuando camine decidido a dormir, buscando mi mañana, mi obediencia a una línea irrepetible y, por lo tanto, asimétrica, y cortaré el silencio, cuando camine en la frescura azul de la madrugada y me aleje irremediablemente del espejo, de los tres lugares: de la imagen, que habré podido ser yo, o no; de mi mismo cuerpo, que sí, habré sido yo; del tiempo, que seguirá desvaneciéndose mientras tome, dentro de un rato largo, un trago de agua prístina y tibia, y me acueste en mi cama, aquí, bajo este irregular, asimétrico reloj de arena de palabras, para volver a jugar, quizás, en algún momento, a que el universo, en alguna parte, efectivamente, sin que nos demos cuenta, guarda una simetría como su más áureo secreto.

Manuel J. Becerra
Buenos Aires, Argentina
mjbcra@hotmail.com

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