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Hoy es nueve de septiembre de mil novecientos noventa y nueve, lo
cual significa que los que ahora estamos sobre la Tierra vivimos
uno de sus momentos más cabalísticos desde que el
mundo es mundo. El dato es a la vez estúpido y curioso, porque
no tiene mayor importancia que en este momento haya una conjunción
de cinco nueves en el calendario, que por otro lado no es más
que una convención más, como la hubo de cinco ochos
el siglo pasado, de cinco sietes el anterior, etc. El problema es
que esta fecha, que pasará tan inadvertida como el año
donde está contenida, debería producir más
pavor social que el temido año dos mil, donde al fin y al
cabo no se producirá una coincidencia de este tipo. El problema
de fondo es que no entendemos que es más peligroso cuando
las cosas se duplican y se reduplican, porque lo homogéneo
es más dañino que lo diverso, repetir una y otra vez
incesantemente los mismos actos, errores y costumbres acaba aburriendo
a cualquier sociedad menos a las nuestras que no por llamarse occidentales
están todo lo cerca que debieran del mundo grecolatino; como
digo, nos da miedo lo diferente, lo otro, si se me permite la expresión,
parece que aún tenemos en el inconsciente la idea de que
es Dios el encargado de crear, y el hombre de repetir, por mucho
que nos neguemos.
Esta
fecha sólo será superada dentro de unos doscientos
veinte años si la humanidad encuentra la manera de perpetuarse,
y quizá para entonces un clon de mí mismo se encuentre
tan ocioso como yo ahora, y escriba otra debilidad para rebatir
mi pobre e inútil argumento, que no busca perdurar sino en
el olvido.
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